*Aunque es extremadamente peligroso y radiactivo, su vida media es de apenas unos pocos minutos. Se podría decir, en un sentido figurado, que "desaparece" rápido (se desintegra) antes de poder interactuar mucho.
Como quien pulsa el timbre de la esperanza,
soltaré un «hola» lo más cerca posible de su boca;
no me olvidaré la sonrisa en casa
y esperaré que sus ojos acaricien el pasado.
Es posible que no me haya reconocido;
incluso yo, a veces, me ignoro en el espejo.
Ya no uso el mismo perfume,
así que tampoco su olfato ha podido clasificarme
en su agenda de las promesas incumplidas.
Ella está casi igual.
Ha decorado con algunos kilos su silueta,
se le iluminan menos los ojos,
el cabello más oscuro...
como si intentara no brillar
alguien que siempre fue estrella.
Ya no usa aquel *piercing* en la nariz
y hay un nombre de chica tatuado en su brazo.
El mismo nombre que una vez elegimos
cuando el futuro era nuestro
y no un abismo.
Imagino que siguen siendo trece los lunares de su espalda;
que, cuando le duele la cabeza,
se sigue acordando de su madre.
Que agosto aún le parece un mes de mierda,
que el optimismo ya no es virtud
y, cuando cumple años,
sigue pidiendo imposibles
para nunca depender de la magia.
Me he quedado ahí, parado, a tres metros,
viendo cómo su pie deletreaba paisajes en el aire,
esperando un autobús que no me llevaría a mi destino,
recordando mi nombre en su boca,
mi boca en su isla,
su isla en mi playa.
Aguardando que apartara su vista del móvil
y, al verme, dijera «hola».
Y no esperara a mañana,
como hacen los cobardes
que le temen al amor.